Por Victoria Di Cosmo
El campeonato mundial de fútbol de este año, aunque Argentina no ganó, fue mayor motivo de conversación que el país ganador. A raíz de algunos incidentes que involucraron actitudes racistas de hinchas argentinos, espectadores de todo el mundo pusieron el foco en la historia argentina y su proceso de blanqueamiento racial, aunque en medio de información falsa, acusaciones sin sustento, y xenofobia explícita.
Los análisis sesgados que surgieron a partir de las “investigaciones” de millones de internautas han catalogado a Argentina como el país que más se abocó al blanqueamiento de su población, planteando por momentos como el único a la hora de erradicar a las poblaciones negras e indígenas. En los siguientes párrafos vamos a analizar la historia de la esclavitud y las políticas de blanqueamiento tanto en Argentina como en el resto de Latinoamérica en la era colonial y post-colonial, su injerencia en la actualidad, y los mitos que hay alrededor de este periodo de nuestra historia.
Antes de entrar de lleno en el tema, es preciso hacer dos aclaraciones: la primera, se refiere a la denominación de “blanqueamiento”. Las clases dominantes que a finales del siglo XIX y principios del XX predominaron en los procesos de construcción de nuestros países, estuvieron convencidas que era importante impulsar la llegada de inmigrantes blancos desde Europa, para sustituir y/o “mezclarlos” con las poblaciones originarias para lo cual instalaron distintas políticas. Sin desconocer las diferencias entre ellas, aquí utilizamos la palabra blanqueamiento para caracterizarlas a todas.
También debemos dejar en claro que el objetivo no es limpiar el rostro de Argentina como si el racismo no existiera en este país. Existe, y negarlo sería invisibilizar experiencias profundamente negativas que han vivido pueblos indígenas y afrodescendientes. Esas experiencias deben ser abordadas y las ideas que las generaron deben ser erradicadas si buscamos realmente que en Argentina no existe el racismo.

La esclavitud en América
Para entender mejor las políticas de blanqueamiento en nuestro continente, el primer punto que debemos analizar es el comercio de esclavos, a través del cual llegaron millones de personas en esa condición desde África hacia América, como parte de un incipiente sistema socioeconómico que tenía a la mano de obra esclava como base. Si bien los europeos no fueron los únicos en esclavizar a otras poblaciones, sí fueron el máximo exponente de dicha práctica en Latinoamérica. De los más de 10 millones de esclavos que llegaron al continente, entre 4 y 5 millones tuvieron como destino Brasil, mientras que otros territorios como los que luego serían Cuba y Haití (y en general el área caribeña) también recibieron grandes cantidades de esclavos africanos. América del Norte fue otro principal destino para los esclavos, ya que alrededor de 400.000 fueron llevados a las colonias americanas de Gran Bretaña, una de las mayores potencias esclavistas de la época. Por otro lado, los territorios ubicados en lo que hoy llamamos cono sur, Argentina y Chile, junto con la región andina, fueron de los que menos recibieron, ya que estaban más alejados de las rutas de traslado de esclavos y las características geográficas no se prestaban para plantaciones en las que habitualmente se usaba mano de obra esclava. Esta diferencia en la cantidad de esclavos que cada región recibió, explica en parte por qué en países como los del cono sur, la presencia de afrodescendientes es menor que en aquellos donde este indicador fue mayor, como Brasil o el Caribe.

Con la llegada del siglo XIX y el comienzo de los movimientos independentistas que luego darían lugar a múltiples nuevos países, también llegaron gradualmente las primeras leyes contra la esclavitud en Latinoamérica. En este sentido, las leyes de libertad de vientres (según las cuales los hijos de mujeres esclavizadas serían libres) fueron en general el paso previo a la abolición total de la esclavitud, aunque con algunas salvedades.
En la mayoría de casos, como en Perú, Colombia, Venezuela, o Cuba por citar algunos ejemplos, lo que le siguió a las leyes de libertad de vientres en las primeras décadas del siglo XIX fueron distintos tipos de tutelaje o patronato. Estas prácticas consistieron en imponer a los hijos de esclavas limitaciones a la libertad efectiva o condiciones para la misma, retrasando años, e incluso décadas, el fin real de la esclavitud.
La condición más usual era la edad: los hijos de esclavas alcanzaban la libertad cuando cumplían determinada edad. En Perú, por ejemplo, tras decretarse la libertad de vientres por José de San Martin, se estableció el tutelaje de los hijos de esclavas hasta que cumplieran los 21 años (aunque luego se extendió hasta los 50), en Colombia hasta los 25, y en Argentina hasta los 16 para mujeres y 20 para varones. Esto aseguró la continuidad de la mano de obra esclava por más tiempo, y es una muestra más de lo gradual que fue el proceso de abolición real de la esclavitud.
En algunos casos, como en Uruguay y Perú, la abolición llegó como parte de la necesidad de reclutar soldados para guerras internas que se desataron tras las independencias. En Colombia, tras su guerra civil (en la que también participaron esclavos) y en Ecuador, los gobiernos liberales decretaron la abolición hacia mitad del siglo XIX y con ello se abrieron múltiples conflictos debido a cuestiones como las compensaciones que se pagarían a quienes habían sido propietarios de esclavos y la efectiva inclusión de los estos últimos. En algunos casos la resistencia a abandonar la esclavitud se tradujo en levantamientos armados, como los protagonizados por la aristocracia esclavista colombiana en contra del gobierno liberal de José Hilario López, quien había promulgado la abolición.
Argentina y Paraguay también habilitaron indemnizaciones a antiguos propietarios de esclavos, de forma similar a países como Francia y Gran Bretaña. En Argentina, estas medidas y el proceso de abolición fueron variando de provincia a provincia, lo que suma otro ejemplo de la característica gradual que tuvo el abandono de la esclavitud en el continente. También el caso de Argentina es ilustrativo del rol de los esclavos en las guerras por la independencia, ya que fueron reclutados para el Ejército de los Andes y tuvieron roles claves en la liberación del país.

Una vez que los nuevos países latinoamericanos comenzaron sus caminos hacia la conformación efectiva de los estados, y tras irse agotando el tiempo adicional de esclavitud que proporcionaron las prácticas de tutelaje mencionadas anteriormente, la esclavitud como tal comenzó a quedar atrás. Esto, sin embargo, no significó que las poblaciones negras e indígenas comenzaran a tener los mismos derechos que las personas blancas. A lo largo y ancho de Latinoamérica encontramos ejemplos de que lo que le siguió a las independencias y la abolición de la esclavitud, fueron proyectos cuyos objetivos eran lograr sociedades blancas y lo más similares a Europa que se pudiera. El colonialismo, en ese sentido, sobrevivió a la independencia.
Independencia y Colonialismo
El fomento de la inmigración europea, la expansión militar sobre territorios indígenas y en varios casos, el exterminio de poblaciones autóctonas, se convirtieron en los mecanismos preferidos por las élites gobernantes en la región para construir de manera definitiva la idea de naciones blancas. En la Argentina, al no haber recibido grandes contingentes de esclavos negros, el Estado argentino se abocó principalmente a ocupar los territorios indígenas. Para ello se desarrolló entre los años 1878 y 1885 la llamada Conquista del Desierto, la cual contribuyó a definir las futuras fronteras del país. A cargo del Ministro de Guerra Adolfo Alsina primero, y del General Julio A. Roca después, (quien luego ocupó también el rol de Ministro de Guerra, aparte de la presidencia), bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda, sumó alrededor de 42 a 48 millones de hectáreas de la región pampeana y de la Patagonia.

Miles de indígenas mapuches, tehuelches y ranqueles, entre otros, perdieron sus vidas, fueron tomados como prisioneros o relocalizados contra su voluntad en otros lugares del país para que sirvieran de mano de obra en plantaciones. Sus territorios, culturas, historias, costumbres e idiomas fueron gravemente atacados, y sus consecuencias las vemos hasta el día de hoy. Las tierras que les fueron quitadas, el Estado argentino las redistribuyó entre las familias de la élite que conformarían la oligarquía terrateniente argentina, cuyos apellidos vemos hasta la actualidad: Martínez de Hoz, Pereyra Iraola, Luro, Alzaga Unzué, Bullrich Pueyrredón, Anchorena, etc. También muchos de los miembros del Ejército que participaron en la conquista obtuvieron tierras indígenas, como el mismo Roca. Otro de los actores claves en esta historia es la Sociedad Rural, creada en 1866 por un grupo de los principales productores rurales de la época, organizados para defender sus intereses. Lo que los llevó a financiar la campaña que acabaría con las vidas de miles de personas originarias de la región, y a promover las dictaduras militares durante el siglo XX.
Inmigración y Colonización
La otra pata del proyecto de construcción de una nación blanca y europea fue la sanción de la Ley de Inmigración y Colonización de 1876, también del gobierno de Avellaneda, que le dio por primera vez un marco regulatorio a la inmigración. Con esto, comenzó a fomentarse la inmigración europea con el objetivo de poblar el creciente territorio argentino.
Décadas después, este precedente, junto con condiciones económicas desfavorables en Europa que llevaron a millones a abandonar sus países y reubicarse en Argentina, resultó en una demografía considerablemente diferente: para 1914, cerca del 30% de los habitantes eran extranjeros y cerca del 80% eran descendientes de europeos. A raíz de estos eventos, a menudo se considera que Argentina fue el país que mejor llevó a la práctica la idea de ser una sociedad blanca.
Sin embargo, Argentina está lejos de ser el único caso. Nuevamente, toda la región latinoamericana nos brinda ejemplos que muestran que el objetivo de ser naciones blancas era algo compartido por las élites regionales.
Brasil, último país de la región en abolir formalmente la esclavitud (en 1888) y el que más esclavos recibió, se concentró en promover el mestizaje y la inmigración europea con la esperanza de que en algunas generaciones más, la población sería en gran parte blanca. Además, de acuerdo con el decreto del 28 de junio de 1890, se limitó la inmigración proveniente de Asia y África, ya que quienes vinieran de esos lugares deberían contar con aprobación del Congreso Nacional. Quienes se encontraran en situaciones de pobreza e indigencia también tendrían restringido el acceso al país. Al mismo tiempo, la inmigración europea fue alentada y bien recibida, y en ese marco, llegaron al país más de cuatro millones de europeos.
En el caso de Cuba, más cercano a nuestro tiempo, tras la Revolución de 1959 se abolió la segregación legal basada en el color de piel, ya que se consideraba incongruente con los valores del socialismo. También se incrementó el acceso a la educación y salud, pero si hay algo que todos estos casos nos enseñan es que las jerarquías sociales heredadas de la época colonial estaban arraigadas a tal punto que procesos como independencias y revoluciones no lograron desarticularlas. Por muchos años, quienes ocuparon los principales lugares del poder en la Cuba revolucionaria siguieron siendo los blancos.
Centroamérica tampoco es la excepción, y al igual que Cuba, nos brinda ejemplos más cercanos a nuestra era sobre como la erradicación de los pueblos indígenas persiste como una forma de “limpieza” de un continente que se supone blanco. El genocidio guatemalteco, sucedido entre 1960 y 1996 en el marco de una guerra civil que atravesó el pais a lo largo de sucesivos gobiernos militares, tuvo como principales víctimas a los civiles mayas (puntualmente al pueblo Ixil) que habitaban una zona rica en petróleo. Al igual que en la enorme mayoría de casos de la época, dichos gobiernos militares contaron con el apoyo de Estados Unidos.
Los reclamos indígenas, de forma similar a lo sufrido por los campesinos que luchaban por la reforma agraria en varios países de la región, tuvieron el mismo destino que muchos militantes de izquierda en un mundo marcado por la Guerra Fría. Fueron tratados como el enemigo, como una amenaza, como alguien o algo a suprimir.

Actualidad en la Región
Hoy en día podemos ver los resultados de todo lo que hemos repasado anteriormente. En el cono sur, los porcentajes de descendientes de europeos superan más del 50%, mientras que los de indígenas son notoriamente menores: en Argentina constituyen alrededor del 2,9% (alrededor de un millón trescientas mil personas), en Uruguay el 2,5, y en Chile el 12 a 13%. En otras regiones de Latinoamérica observamos algunas diferencias: México, Perú, Guatemala y Bolivia son los países que cuentan con mayorías indígenas, y en Brasil, la mayoría de la población es negra o mestiza. Pese a que esto nos indica que existen países latinoamericanos donde el ideal de país blanco no llegó a materializarse al 100%, el racismo que vino implícito en ese ideal si encontró otras formas de moldear a la sociedad. De los 42 millones de indígenas que se estima viven en Latinoamérica, un 43% vive en la pobreza, casi el doble de la que se observa en la población que no es indígena. El 24% experimenta pobreza extrema, 2,7 veces más que las personas no indígenas.
Por otro lado, pero de manera similar, los afrodescendientes de la región alcanzan alrededor de los 133 millones y también para ellos la pobreza está presente de forma más extendida que para sus compatriotas blancos. En Brasil, el 34,5% de las personas negras vive en la pobreza, al igual que el 38,4% de los mestizos, pero solo al 18,6% de los blancos. Los niveles de desempleo también demuestran peores porcentajes para las personas racializadas y mestizas, ya que alrededor del 32,7% de ellas no tiene empleo, mientras que en la población blanca ese porcentaje alcanza al 11%. Hasta el año 2005, en el que el gobierno de Lula comienza a tomar una serie de medidas positivas, solo el 5,5% de los estudiantes universitarios eran afrodescendientes (sobre el 51% de la población total). Desde ese año hasta la fecha, se fueron sancionando diferentes leyes y poniendo en funciones distintos programas que permitieron que en la actualidad en las universidades públicas la mitad de los estudiantes sean afrodescendientes.
En general, las personas indígenas y racializadas enfrentan mayores dificultades para acceder a la educación y a la salud. Tienen más probabilidades de ser víctimas de crímenes, y menos probabilidades de ocupar espacios de toma de decisiones. Si bien en algunos países se ha logrado acortar un poco la brecha, aún al día de hoy quienes peores condiciones de vida tienen son indígenas y afrodescendientes. Esta es una realidad que atraviesa a todo el continente americano y que pone en evidencia el racismo estructural que no ha dejado de predominar en la actualidad pese a haberse extinguido hace tiempo las estructuras que las moldearon en la época colonial.

Argentina, en todo este panorama, no es la excepción. A menudo escuchamos a argentinos decir que en el país no hay racismo, pero la realidad es que como en cada país, esta forma de discriminación existe y tiene sus características adaptadas a la localidad. Los pueblos originarios, los afrodescendientes y los inmigrantes de países limítrofes como Bolivia y Paraguay son quienes en la práctica han vivido la discriminación que se desprende de aquel ideal de nación blanca que es incompatible con la realidad latinoamericana. Aún se perpetúan estereotipos sobre estas personas y la relación entre prejuicios racistas y clase social tampoco ha desaparecido.
Argentina, como los demás países, tiene contrastes: es un país ampliamente receptivo a la inmigración, donde quienes llegan pueden eventualmente disfrutar de todos los derechos que un ciudadano nacional, pero a la vez, mantiene vivos prejuicios raciales y clasistas dependiendo del país de origen del inmigrante. Existe un consenso mayoritario en la sociedad respecto a no entregar tierras argentinas a extranjeros multimillonarios, pero cada día el avance sobre las tierras indígenas de nuestro país es mayor y más destructivo.
El mundial puso de manifiesto algo que se suele tapar: en Argentina si bien subsisten diferentes formas de racismo y discriminación -y la negación a aceptarlo es otro síntoma de su existencia- pero es el resabio de una región que no ha dejado atrás por completo las estructuras, jerarquías y pensamientos de la época colonial.
Nota escrita por Victoria Di Cosmo
Licenciada en Relaciones Internacionales
Investigadora del ISEPCi


