Escribe: Manuel Vilchez*

«¿Dónde iremos a buscar modelos?

La América Española es original

—originales han de ser sus Instituciones y su Gobierno—

y originales los medios de fundar uno y otro.

O inventamos o erramos.»

(Simón Rodríguez. Sociedades Americanas, 1842)

«La educación no cambia al mundo:

cambia a las personas

 que van a cambiar el mundo»

Paulo Freire

 

Quisiera plantear algunos aportes al diálogo social que se viene desarrollando en torno a la educación en tiempos de pandemia. Me centraré en el contexto de los barrios populares, ya que es allí donde considero se han profundizado las desigualdades previas al aislamiento. Por lo tanto, se vuelve urgente rediseñar los proyectos educativos para que sean constructores de sentidos nuevos de transformación. De otro modo, se corre el riesgo de que sean reproductores e intensificadores de exclusión.

Quisiera también proponer una praxis que involucre reflexiones, preguntas y repreguntas sin intenciones de cerrar todas las respuestas.

Podemos comenzar dudando. ¿En qué situación se encuentran la sociedad y la educación hoy? ¿Qué cambios ha generado el aislamiento social obligatorio dictado por el gobierno para proteger a la población de la pandemia? ¿Cambios espaciales? ¿Cambios temporales? ¿Cambios familiares? ¿Cambios laborales? ¿Cambios de conductas, de experiencias, de modo de relacionarnos? ¿Cambios en las maneras de sentir y de percibir? Y esos cambios, ¿afectan a todxs por igual? ¿Qué es nuevo y qué continuidad? ¿Qué elementos pre-existentes en nuestra sociedad salen a la luz?

En primer término, es importante detenernos en el hecho de que nos encontramos ante un escenario inédito. El carácter de novedoso, de nunca antes vivido que tiene la experiencia vital actual es fundamental para evitar expectativas que generen rápidas frustraciones. No tenemos todas las respuestas y es bueno que eso suceda.

Lo inédito da lugar al error. Y errar, además de ser humano, es parte fundamental del proceso de aprendizaje. No es un simple desvío del camino “correcto”. Por el contrario, es a partir del error (propio y/o ajeno, individual y colectivo) que podemos crear. Y como decía, Simón Rodriguez, maestro popular de Simón Bolívar: “O inventamos o erramos”. Y podríamos agregar: errando inventamos. Es momento de explorar territorios desconocidos, a partir de lo conocido.

¿Qué conocemos acerca de la realidad social de nuestra ciudad? ¿Son las casas de los barrios populares espacios que pueden transformarse en “aulas virtuales”? ¿Cuentan las familias con el acceso a internet y la tecnología imprescindibles para la llamada “Continuidad Pedagógica”? ¿Hay “continuidad” entonces o hay un quiebre?

Por su parte, la pedagoga Inés Dussel desarrolla un concepto interesante: nos invita a pensar críticamente la noción de “inclusión digital” como una nueva dimensión de la inclusión educativa. Pero cabe preguntar ¿Qué pasa con la “exclusión digital”? ¿Es total? ¿Es una frontera porosa como dice Dussel?

Vamos unos pasos hacia atrás: ¿qué función cumplía la escuela en los barrios? En tanto instituciones públicas, la presencia del Estado en los barrios populares de Mar del Plata y Batán se reduce generalmente a la escuela y la comisaría. La realidad es que la escuela funcionaba como espacio de encuentro de la comunidad de familias, de lxs niñxs y jóvenes. Era/es el lugar común en que hoy las familias reciben las viandas para la alimentación de sus hijxs, gracias al esfuerzo de lxs trabajadorxs de la educación, así como lo son los Comedores de las organizaciones sociales, gracias al esfuerzo de lxs vecinxs organizadxs.

Entonces, lo primero que tenemos es la pérdida de un espacio común, de un lugar de encuentro. Pero además, por supuesto, surge la pregunta ¿es posible la educación sin un aula común, sin docentes enseñando?  La primera respuesta puede ser “Es necesario”. Pero entonces, ¿de qué manera?

Aparentemente existe una “Continuidad Pedagógica” en todas las escuelas del país. Sin embargo, entre la apariencia y la realidad crece la desigualdad. Esta especie de pensamiento mágico generado por el término «Continuidad» se sustenta en 6 “ilusiones”:

  • La ilusión de la universalidad tecnológica. La primera barrera es la falta de acceso a internet, redes y tecnología. El debate sobre la educación virtual parece dar por sentado que la tecnología digital (en tanto al menos presencia de un celular en una casa), es accesible para todas las personas por igual. Pero no hay accesibilidad real cuando se tienen uno o dos celulares, que funcionan con datos cuando alcanza la plata para cargarlos. En una casa de promedio seis personas en edad escolar no alcanzan los dispositivos. Además están sin acceso a WiFi, ni computadora, y sin formación sobre el uso específico de la tecnología para el aprendizaje.
  • La ilusión del Tele-trabajador docente. Muchxs docentes están padeciendo el nuevo tele-trabajo para el que no han sido formadxs, con estrés, conviviendo las 24 horas con el cuidando de sus hijxs en el encierro y realizando las tareas domésticas. Sobre todo las mujeres (mayoría docente) por el refuerzo de la desigualdad patriarcal. En el mejor de los casos, se trabaja en soledad frente a una o varias pantallas simultáneamente.
  • La ilusión del contenidismo. Lamentablemente algunxs docentes, al no estar formadxs para este escenario inédito, han asumido una postura pedagógica que no se ajusta a la situación actual. Pretenden que lxs estudiantes realicen una gran cantidad de actividades en sus casas, sin el acompañamiento docente, para “cumplir con los contenidos” del año escolar.
  • La ilusión del autodidactismo. Ante esta sobre-demanda de tareas escolares domésticas, parece que se espera que lxs estudiantes, sin acompañamiento docente y, con la poca ayuda que puedan brindarle sus madres (otro refuerzo del rol tradicional de la mujer en la casa), sus padres y sus familiares, puedan completar todas las actividades y aprender por sí mismxs con una pantalla de celular.
  • La ilusión del trabajo docente como una atención de 24hs. La gran demanda por parte de lxs docentes a lxs estudiantes genere en ellxs y sus familias padecimiento y ansiedad que se traduce en frustración y, en muchas personas, en abandono escolar. Pero también produce una contra-demanda: lxs estudiantes y sus familias, al tener la conexión directa con cada docente, realizan constantes consultas, a cualquier hora del día y esperan respuestas inmediatas.
  • La ilusión de la escuela como continuidad total. La llamada “Continuidad Pedagógica» ha producido la ilusión de que la escuela está continuando permanentemente, que se ha expandido a las casas, que la cocina o la pieza son las nuevas aulas. Y entonces se producen múltiples tensiones entre los tiempos y las expectativas de directivxs, profesorxs, estudiantxs y familias.

Si problematizamos la nueva realidad y ponemos en duda estas “ilusiones” podemos reflexionar sobre las falencias y las tensiones que se están produciendo. Las respuestas ante estas ilusiones pueden ser obvias, pero no por eso menos importantes.

Volvamos nuevamente hacia atrás: ¿qué es lo necesario? ¿qué no puede faltar? Sabemos que el Estado, por ley y por su sentido social, tiene la obligación de garantizar el derecho a la educación para todas las personas menores de edad por igual. Y que la escuela pública es la institución creada para dicho fin. Entonces, es necesario repensar la escuela y su comunicación, su vínculo, con lxs estudiantes y sus familias, a partir de la realidad situada en que viven.

Por un lado, falta acceso a las redes y la tecnología y falta formación digital, tanto a estudiantes como a docentes. Estas son responsabilidades ineludibles del Estado para que la inclusión sea realmente universal. Lxs trabajadorxs de la educación tienen derechos y se deben respetar condiciones dignas de trabajo (horarios y descanso, por ejemplo). El Estado debe garantizar, además, los medios y las herramientas necesarias para realizar el tele-trabajo: acceso a internet y tecnología. Así como la formación imprescindible para encarar este nuevo proceso didáctico.

Por otro lado, las casas no son escuelas, en el sentido de institución pública. Y la cocina o la pieza no son aulas. No se puede pretender reproducir las condiciones de aprendizaje en un entorno totalmente diferente, con otras lógicas particulares, heterogéneas y diversas.

El Estado, por ley y por su sentido social, tiene la obligación de garantizar el derecho a la educación para todas las personas menores de edad por igual. Y que la escuela pública es la institución creada para dicho fin.

¿Y qué puede la escuela en este contexto? Creo que puede mucho y poco a la vez. Si deja en segundo plano el objetivo contenidista, lxs docentes pueden ser un actor, en el marco de una red estatal y popular de contención y acompañamiento a lxs estudiantes y sus familias en el Aislamiento.

Asimismo, se ha terminado en la práctica la imagen homogeneizadora de docentes y estudiantes. Estamos ante la irrupción de la heterogeneidad que ya no puede negarse ni ocultarse. Es una oportunidad para conocernos y pensar en la inclusión verdadera: la adaptación del proceso didáctico a cada situación particular. Y esta perspectiva va más allá del trabajo docente, abarca de manera integral a todos los actores institucionales (psicólogxs, trabajadores sociales, etc) y populares articulando en redes comunitarias. Es en el intercambio colectivo y diverso en que podemos aprender y afrontar nuevos desafíos.

Si la escuela deja de pensarse como una isla separada del contexto y se anima a dialogar con la realidad cotidiana, familiar, cultural, de docentes y estudiantes. En este sentido, el Aislamiento genera una oportunidad para romper la burbuja que distanciaba el adentro y el afuera de la escuela con la frontera física de la puerta.

Entonces, si la escuela deja de generar presiones y tensiones, puede tener un rol de escucha y de generación de propuestas realizables en las casas. A través del juego, del desarrollo de la imaginación creativa mediante las cosas cotidianas que están al alcance de lxs estudiantes, según las condiciones de cada familia. Promover la lectura, como se viene haciendo, pero de libros. Libros, seleccionados por lxs docentxs y por lxs estudiantes, de las bibliotecas escolares, públicas y populares, que podrían entregarse con las viandas del comedor. Es decir: alejar de las pantallas como única vía de acceso al conocimiento y comunicación.

Entonces, ¿qué podemos hacer en el medio de este proceso? Intentar acortar la brecha de la desigualdad, intentar reunir los lazos que se han quebrado y empezar a recuperar el “espacio común” perdido.

¿Cómo generar vínculos con conexiones que no son presenciales, que no unen los cuerpos y los afectos en un espacio común? Ese es el desafío. Y no caer en las “ilusiones” del contenido y los plazos, de solo realizar tareas para cumplir. Para eso, es fundamental escuchar y contener. La escuela era también un momento de escucha, para compartir la palabra con sus compañerxs,  jugar y expresarse libremente. Tenemos que desarrollar la empatía por el dolor ajeno y compartir el disfrute con la alegría. Podemos empezar a generar vínculos humanos preguntando simplemente “¿Cómo estás? ¿Qué haces en estos días? ¿Cómo te divertís?” Y que sea el diálogo lo que vaya llevando al aprendizaje.

En el cuento “Cuánto se divertían”, publicado en 1951, el autor de ciencia ficción Isaac Asimov nos presenta un mundo futuro en que la educación se realiza en las casas, a través de un robot llamado “Maestro”. La protagonista, una niña curiosa por el descubrimiento de un libro sobre la escuela del pasado, se imagina allí, compartiendo un espacio de intercambio de experiencias y saberes, con un tiempo de recreación y concluye: «¡Cuánto se divertían!».

En este sentido, lo lúdico es el gran motor del aprendizaje. Y existen muchos juegos o actividades lúdicas que pueden realizarse en las casas, con las cosas que se tienen a mano.

Otro aspecto fundamental es recuperar la confianza en sí mismxs, ya que la “ilusión del autodidactismo” ha provocado grandes dosis de desconfianza en sus propias capacidades, de pérdida de autoestima, y conduce hacia el abandono escolar, el punto final de la exclusión educativa. Para eso, las propuestas didácticas deben estar adaptadas a la situación de cada estudiante y deben ser posibles de realizar por cada estudiante. Empezar por lo más sencillo para lograr evidenciar el propio conocimiento y la capacidad de resolución con la mayor autonomía posible. Luego se irá complejizando.

Para terminar, podemos resaltar y valorizar el trabajo de lxs docentes que están encarando de una manera tranformadora este momento especial. Sabemos que lo hacen con un esfuerzo y una pasión por enseñar que supera todas las barreras. Y que necesitan de un Estado que desarrolle políticas públicas acordes, reconociendo plenamente los derechos y garantizando para todxs por igual el derecho a la educación.

*Manuel Vilchez es Investigador del ISEPCi y Director del ISEPCi Mar del Plata

Contacto: 2236813818